Cayendo

El enamoramiento o más bien el estar enamorándote, así como todos los sentimientos y emociones que nos parecen indescriptibles, son gerundios. El enamoramiento es una caída eterna desde el momento en el que la terminación -ando -endo la torna una acción infinita, un eterno caer al precipicio de lo sensible. Es un estar cayendo hacia el vacío, hacia la profundidad, con el temor de lo oscuro y de lo incierto respirándote detrás de la nuca y erizando tu piel. Ese respiro, ese cálido aliento que exhala tras de ti es parte del viento que le da dirección a tu caída, que te indica que para seguir enamorándote debes dejarte a su merced. El viento hacia lo profundo es el capitán de tu caída, que aun cuando en realidad no hay camino, dirección o coordenada a la cual llegar, su guía al caer se vuelve indispensable, pues el viento te asegura que estas cayendo y no solamente flotando. Es el miedo a lo incierto lo que avala tu caída hacia lo profundo, lo que manifiesta tu acercamiento a lo más profundo.

No inicias tu caída al precipicio de sensaciones sin un salvavidas pues tu ser racional, tu ser consciente no te permitirá hacerlo. Por ello te amarras una cuerda que te acompañará en tu caída, te permitirá seguir el camino dejando un rastro de migajas que eventualmente podrás seguir de regreso. La cuerda no te dará conocimiento de lo que viene en adelante, no ilumina tu camino para develar los secretos de la profunda oscuridad, pero te permite recordar el recorrido por el cual has caído. La presión que ejerce sobre tu cuerpo, la tensión de su amarre, es el testimonio de que (si así lo deseas) podrás volver por donde ya has caído. Es lo único que podrá sacarte de la profundidad. La decisión de parar la caída y regresar es tomada conscientemente, tomando a consideración el esfuerzo necesario para jalar tu propio peso y resistirte al viento que sopla hacia lo profundo.

El gran problema es que no sabes cuán profunda es la caída y desconoces la longitud de tu cuerda salvavidas. El miedo a caer es parte de lo que te impulsa a seguir cayendo, pero conforme caes más y más hacia lo profundo, los vestigios que la cuerda va dejando se vuelven pruebas de la muy posible infinitud de la profundidad y te empiezas a preguntar ¿cuándo dejaré de estar cayendo? ¿cuándo habré finalmente caído, tocado el fondo de lo profundo? Los rastros de la cuerda se vuelven sospechas de la inagotable profundidad del gerundio. Conforme estas sospechas se vuelven cada vez más reiterativas te empiezas a dar cuenta de que la cuerda tiene una extensión definida, una longitud máxima.

Comprendes que llegará el momento en el que la cuerda te impedirá seguir cayendo y deberás tomar una difícil decisión: cortar la cuerda y dejarte a la merced del viento que te seguirá llevando hacia la profundidad. Dejarás que la oscuridad y lo incierto te abracen y te cobijen en tu caída. Disfrutarás la libertad de no tener que decidir nunca más, pues estás abandonado a la merced del viento, comprometido con las sensaciones, sentimientos y emociones que conforman parte del precipicio, libre de saber que no hay vuelta atrás, no hay ya una presión del amarre que te recuerde el camino recorrido, no hay vestigios de cuerda que saltan de improviso para recordarte la perennidad de la profundidad. Saber que muy probablemente no alcances nunca el fondo no será más un problema, pues sin la presión de la cuerda sobre tu cuerpo disfrutarás de la única caída que es caída libre en realidad, aquella en la que sabes que no podrás detenerte. Dejarás de preocuparte por ser ya que estarás siendo, pues en el precipicio de los gerundios no hay incertidumbre que inquiete, no hay un futuro que prometa, tan solo hay fluidez y la libertad total de fluir conforme el viento dicte.

La otra opción es comenzar el arduo camino de regreso que traza la cuerda, en el cual te enfrentarás a tu peso, al viento en contra y al anhelo de profundidad, el deseo por sentir con más intensidad que quedará clavado para siempre en ti. Te verás desafiado por una realidad que nunca llegará más allá de lo que tu cuerda te permite. Te sabrás un cobarde viciado por el peor tipo de cobardía, la que emerge al no lidiar con el temor a sentir, el temor a seguir cayendo. Serás el cobarde que se enfrentó a los miedos conocidos, a esos que soplaban tu nuca, que fueron quedándose en la historia que la cuerda dibujó al caer y que recogiste en tu camino de regreso. Sí, habrás encarado al miedo que respiraba en tu nuca, pero tu cobardía frente a la pugna del miedo a lo profundo e incierto, el miedo a sentir, el miedo a asimilar la eterna caída fue tan fuerte que decidiste mejor volverte el valiente del miedo conocido ¿Qué virtud de valentía hay en atender los miedos conocidos? Ninguna, porque ese miedo a lo conocido no es realmente miedo, es más algo cercano a la pereza, pues no temes enfrentarte a aquello que ya conoces su resultado. Lo que te acoge es la desidia y apatía de lidiar con el proceso. Es así como el gran valiente de lo conocido termina por no enfrentarse a miedo alguno y el antagonista de su lucha no es más que la pereza.

El cobarde más cobarde, el valiente de lo conocido y el héroe que venció a la pereza son la misma persona, la que por miedo a sentir le dio la espalda a lo profundo para reconfortarse con lo conocido.

El Amor, al igual que los sentimientos indescriptibles yacen en lo más profundo de la profundidad, si es que ésta tiene un fondo. Ninguna cuerda salvavidas podrá alcanzar el fondo, por eso son indescriptibles, porque están más allá de lo que nuestras cuerdas nos permiten conocer y para acercarnos más al fondo debemos cortar el lazo, pero al hacerlo ya no nos importará conocer o poder describir el Amor, pues estaríamos inmersos en la caída y seríamos
libres de disfrutarla sin atadura alguna a una categoría o descripción.

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